3 jul. 2009

Samil y Atón, el sol del crepúsculo.



 En Samil, en primavera, el sol se pone entre las islas Cies. El enorme disco solar parece fuego en un ara celta. Si hay nubes, lo que ocurre con frecuencia, las incendia y, si el cielo está limpio, su color cambia del rojo al violeta y al azul casi negro hasta fundirse con el mar. Contemplando esa fusión entre sol, mar y cielo llegas a comprender por qué para los antiguos egipcios el sol, en su multitud de formas, era el dios de dioses, aquel que representaba el ciclo vital: nacimiento, vida, muerte y resurrección. En él estaba la esencia del ser en sí mismo; sin él, la oscuridad simbolizaba el mundo de la muerte, al menos como tránsito al inframundo. Y como antídoto ante esa negrura poblaron la bóveda celeste, la diosa Nut, con multitud de constelaciones divinas que desde esa inmensidad los protegían y guiaban presididas por Osiris (nuestra actual Orión), señor del Más Allá. Pero nosotros despreciamos como ilógicos todos estos mitos antiguos. Estamos en posesión de la verdad absoluta, claro.
La fotografía está hecha con mi modesto móvil de baja resolución. La realidad es inmensamente mejor.

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